On January 13, 2011 by ezcritor
Gran Canaria. Año 1990. Tengo 16 años. Soy virgen.
La parroquia de mi barrio organiza un baile para jóvenes. Un DJ, patatas y refrescos. Quedo con mi amigo Agustin en el portal de enfrente de mi casa. Me he vestido lo más molón que puedo (a pesar de lo feo que son mis zapatos): llevo un pulóver surfero que le regaló un novio a mi hermana, también mis vaqueros azules. Sé que mañana mi hermana me reñirá por tomarle prestada la camisa sin permiso, pero si se la pido no me la va a prestar, así que sopeso y decido: la ropa que me compran mis abuelos es fea y anticuada: estoy seguro que alguien se reirá de mí si voy vestido con ella: vale la pena la riña futura de mi hermana.
Llego con Agustin a los salones parroquiales: entramos en el gran salón que los curas han habilitado como “discoteca”. Nadie nos saluda. No nos conoce nadie. Todo el mundo parece conocerse y baila. Yo nunca he bailado en público, sólo bailo cuando mi tío F sale de casa de mis abuelos: entonces me meto en su habitación, cierro la puerta con fechillo (lo ha puesto él para que no le pillen fumando porros) e introduzco dentro de su gran equipo de música mi casette de “Thriller” de Michael Jackson. Si me pilla, si mi tío F regresa a casa antes de que termine de bailar, me pega. Pero siempre sopeso y decido que vale la pena. Bailar la música de Michael Jackson me hace sentir especial. Imagino que canto y bailo como Michael Jackson y que actúo delante de la chica que me gusta.
La chica que me gusta se llama Sara. Es rubia y tiene los ojos azules. Parece la princesa de los cuentos. Cada día, cuando salgo de mi colegio, “los Salesianos”, corro hasta mi barrio: sé que a las dos y cuarto, más o menos, ella también regresa de su colegio,vestida con su uniforme de colegio de monjas. A las dos y cuarto, más o menos, ella entra en el portal de su casa. No quiero perderme eso nunca. Es el momento que espero todo el día. No entiendo cómo puede existir algo tan bonito como ella. Cuando la veo aparecer me sobrecojo. Nunca le hablo. Sólo la miro desde la distancia, escondido. Me siento como una rata deforme, no soy digno de ella.
A la edad de los 16 años me gusta hacer exhibicionismo. Me gusta ponerme en una esquina como si estuviera meando; cuando pasa una chica joven o mayor (como lo hubiera sido mi madre si estuviera viva) me vuelvo con naturalidad, como si hubiera terminado. Entonces ellas ven mi polla tiesa. No hacen nada “demasiado histérico” al verla. No gritan. Sólo se asustan un poco o se ponen rojas de vergüenza. Me gustaba que las chicas vieran mi polla. No deseaba violarlas ni nada de eso. Sólo me gustaba que vieran mi polla tiesa. Que supieran que tengo polla y cuán grande es. Que la vieran tiesa. A mi me parecía bastante bonita: un chico necesita unos padres que le amen y alguien a quien enseñarle la polla.
No obstante, a Sara nunca se la enseñé. Sara no sabe que existe.
En los salones parroquiales, antes de acercarme a Sara, me bebo una Coca-Cola con Aspirina: lo tenía preparado: porque escuché en la escuela decir a Saki, el más malo de la escuela, que hacer eso “te droga”: y los que se drogan se atreven a hacer cosas arriesgadas y peligrosas, pensé. Me tomo la Coca – Cola con Aspirina pero no siento que me haga efecto. Aun así me acerco a Sara: está rodeada de chicos que la pretenden: ella me mira: mentira: sí que me ha hecho efecto: la aspirina con Coca-Cola da valor: un valor inaudito: me siento tan valiente como “El Guerrero del Antifáz”, esos comics de colección que le robé (que se joda, quería conservar algo de él) a mi segundo padre antes de que me regresara a Canarias: le pregunto:
-¿Quieres bailar conmigo?
Ella dice sí.
No esperaba una contestación afirmativa, un triunfo. Nunca había triunfado. Soy feo. Tengo unas gafas demasiado grandes para mi cara. Muy flaco. Esquelético. No sé qué hacer. Suena “Tecnotronich”. No me apetece nada bailar “Tecnotronic” con ella. No es romántico. Así que le digo:
- Mejor bailamos cuando pongan una canción romántica.
Y la dejo plantada en mitad de la pista de baile. Regreso a la columna donde me espera Agustín. Come patatas fritas a dos manos grasientas. Me habla:
-¿Te ha dicho que no, verdad? Te lo dije.
Y añade comiendo más patatas:
-Estos curas saben hacer fiestas.
Me doy cuenta que he perdido la oportunidad de mi vida (hasta ese momento). Me entran ganas de llorar. No quiero que nadie me vea llorar, así que regreso a casa. Por fortuna ni mi tío ni mi hermana están. Sólo mis abuelos. Ellos no me hablan. Sólo ven la televisión. Me encierro en la habitación de mi tío a llorar. Maldita sea mi vida. Pasa una hora hasta que decido volver a los salones parroquiales. No puedo quedarme en aquella habitación: he de ser valiente: corro: llego: todo el mundo está saliendo de los salones: Agustín tampoco está: las patatas se han acabado: la fiesta está terminando.
-Vamos a poner la última canción -dice una voz por los altavoces.
Comienza a sonar el tema principal de la peli de “Ghost”. “Ghost” lleva 17 semanas ininterrumpidas de proyección en los multicines Galaxys. Y Sara sigue en la columna. Ya no está rodeada de admiradores. Sólo le acompaña una amiga bastante rellenita.
-Te estaba esperando -me dijo- Ella (dice señalando a su amiga) quería irse, pero yo esperaba que volvieras.
La tomo de la mano. Ella agarra mi mano. Caminamos hasta la pista de baile. Creo que voy a desmayarme. Bailamos. No me desmayo: floto por el aíre. Sólo me fijo en sus bellos ojos. La canción de “Ghost” termina, nos miramos a los labios. Nos gustamos. No nos besamos. Ni hablamos. Nos separamos. Muertos de vergüenza.
Al día siguiente no fui hasta su portal. No quise volver jamás para ver cómo Sara regresaba de la escuela. Tampoco volví a enseñar mi polla a las chicas (haciendo como que estaba meando). Mi primer baile terminó con todo eso. No sé muy bien por qué.