On June 30, 2010 by ezcritor
UNO
A mi lado se sentó un inmigrante que, igual que yo, viajaba en un autobús de Madrid a Barcelona. Me contó que había abandonado su país y a su gran amor por conseguir una mejor vida y porvenir aquí, en España. Tras contarle la peliaguda situación en la que me encontraba y el romántico motivo de mi viaje, miró serenamente a mis ojos y me hablo:
-Muchas veces por amor a una persona seguimos luchando tenazmente en lugar de hacer lo más sano: continuar con nuestra vida, tranquilamente.
El inmigrante hablaba creyendo tener la razón absoluta. Él, tras mucho esfuerzo y constancia, había conseguido un buen trabajo en una empresa informática. Yo, aunque nací en España, no tenía trabajo. La totalidad de mi fortuna consistía en trescientos euros y parte de ellos los había empleado en comprar este pasaje de ida y vuelta de fin de semana a Barcelona. Cuando regresara a Madrid tendría que dormir en la calle y comer de la caridad o robar en los supermercados. Me habían despedido de mi puesto de trabajo. No tenía a quien recurrir. Perdí a mis padres cuando era niño y no he tenido la suerte de hacer buenos amigos en el poco tiempo que llevo viviendo en Madrid.
Pensé que yo era de una especie humana diferente a la del inmigrante ¡Qué diferentes éramos respecto la ambición y el amor! Nunca renunciaría por una mejor vida y porvenir de la mujer de quien me encontraba enamorado como un demente: Carmen. Nunca dejaría de luchar por vivir junto a ella. Jamás.
Ese fin de semana iba a pasarlo en su casa de Barcelona. La invitaría a restaurantes, cines y lo pasaríamos bien. La pobreza que me esperaba cuando regresara a Madrid no me perturbaba.
DOS
Llegué a casa de Carmen a las once de la noche. Me dio un beso y mi cansancio por las ocho horas de viaje desapareció. Realmente no se hace pesado viajar en bus tantas horas si estás enamorado.
-¿Qué tal te va todo? –preguntó.
-Muy bien. Todo fenomenal.
-¿Y los problemas que tenías en el trabajo?
-Ya pasaron –le mentí- El problemilla se solucionó.
Le mentí porque no quería que supiera que estaba ante un escritor sin talento. Un fracasado. Durante toda mi vida la gente que me ha conocido y leído me ha asegurado que iba a triunfar como escritor, pues era una persona especial, que eso saltaba a la vista. Palabras amables pero mentirosas. No soy más que otro escritor mediocre. A mis 36 años no tengo nada, salvo un montón de escritos, proyectos y guiones en el disco duro del ordenador que jamás verán la luz. En las películas que veía de niño y que me hacían soñar se afirma que si intentas mucho una cosa, si pones todo tu empeño, al final lo consigues. Pero eso, en la vida real no es verdad. Hay mucha gente que lo intenta con todas sus fuerzas una y otra vez y jamás lo consigue. De esos fracasados no se hacen películas. Yo soy uno de esos fracasados. Pero este fin de semana no. Mucho menos ante los ojos de Carmen. Lo sería yo solo, a partir del lunes.
-Les ha gustado mucho el guión que les escribí para un anuncio –le dije a Carmen con una gran sonrisa, pero sin lograr que los ojos me brillaran de emoción- Les he sacado 300 euros de adelanto. El martes me darán el resto del dinero: 8.000 euros.
-¡Eso es genial! –gritó ella.
Y volvió a besarme.
Mientras sentía en mi boca el beso que no merecía pensé que pasar con ella el fin de semana era mi gran premio por toda una vida de sueños. La vida, a fin de cuentas, me había premiado con un galardón alternativo al Novel de Literatura.
TRES
Conocí a Carmen en Madrid. Ella había venido para presentarse a unos castings que la agencia de modelos en la que trabaja le había organizado. Carmen es modelo. No conocida, del montón.
Tenía novio, pero un día ella se enamoró de un hombre que a su vez también estaba comprometido. Carmen quiso hacer las cosas bien: abandonó a su novio y luego se declaró al hombre del que se había enamorado. Y éste, incomprensiblemente para mi, le dijo que no.
Carmen quedó sola. Pasó tres meses con remordimientos y deprimida. Le atormentaba el daño que había causado a su novio de toda la vida, quien siempre la había tratado de manera ejemplar. Pero por otro lado, le quemaba el amor que sentía por aquel hombre de quien estaba enamorada y que no le correspondía.
En ese momento de su vida nos conocimos. Yo trabajaba en una de las productoras de publicidad para las que hizo un casting. Me habían contratado como creativo, disfrutaba de un periodo de prueba. Tras verla posar en el casting reuní valor (no soy de las personas que se atreven a acercarse a las chicas) y me atreví a preguntarle que qué haría por la noche:
-Nada –contestó con una sonrisa pizpireta- Estoy sola en Madrid.
Y quedamos para tomar una copa.
CUATRO
Pasamos dos días juntos, en mi apartamento. Fueron los dos mejores días de mi vida. Todo fue maravilloso. Él corazón me sangraba de amor.
-Te quiero –le confesé.
-Eso es imposible –replicó enfadada- No me conoces de nada.
Quedé en silencio. Quizás debería de haberle dicho lo que pienso: que amar sin conocer es el único modo de amar a alguien. Que los momentos irracionales, en los que sientes y no piensas, son los únicos momentos que valen de la vida; que el resto son días de oficina.
En un mundo justo si sientes algo muy fuerte en tu corazón por una persona, esa persona tendría que sentir lo mismo por ti. Pero ya sabemos, en cuanto dejamos de ser niños, que no vivimos en un mundo justo sino en su antítesis.
Hay algunas personas que todo le sale bien y viven en el cielo. Otras que vivimos los siete días de la semana en el infierno. No hay justicia. Da igual lo que hagas, las veces que lo intentes. La fortuna es una lotería. El éxito, un malentendido. Al final sólo hay gente con poder exprimiendo a gente sin poder.
A los dos días ella regresó a su vida en Barcelona y yo a mi trabajo. Quedamos en vernos el siguiente fin de semana, en su casa.
Regresé a la productora donde trabajaba con una cara que revelaba que nadie en el mundo era más feliz que yo. Al llegar, el jefe me llamó a su despacho. Con razón, estaba visiblemente molesto conmigo:
-¿Por qué no ha acudido al trabajo estos dos últimos días? – me interrogó.
-Por problemas de salud –le mentí.
-¿Tiene usted algún justificante que demuestre que ha estado enfermo?
-No.
-Pues no le creo. Tienes un aspecto inmejorable. Está usted despedido.
Me asusté. Necesitaba ese trabajo. Me había costado muchos meses encontrar uno. Además sólo tenía ahorrado trescientos euros y ya había agotado el paro. Decidí decirle la verdad, apelar a sus sentimientos. Al fin y al cabo, seguro que mi jefe también se habría enamorado locamente en alguna ocasión de su vida: cometido una irresponsabilidad:
-Me enamoré de una chica –le dije- Creo que es el gran amor de mi vida. Pasé estos dos días con ella. Jamás había estado tan enamorado. Perdóneme.
Mi jefe me miró de arriba abajo. Luego murmuró con desprecio:
-Patético. Váyase de mi empresa. Aquí no empleamos a niñatos, sino a gente responsable.
Salí de su despacho. El amor es algo patético y despreciable en el mundo de los negocios. “Estar enamorado” debería de aceptarse como motivo válido para obtener una baja laboral. Podrías estropear el teclado del ordenador con las lágrimas. Parece que sólo tienes derecho a estar locamente enamorado a los 15 años. De adulto está muy mal visto. Se espera de ti que te comportes siempre como un responsable y frío robot. Pero el amor, aparte de hacernos felices, nos convierte en imbéciles y en niños. Por fortuna.
Da igual qué edad tengas, el amor siempre puede volver a hacerte sentir como un niño.
Y eso es una bendición.
CINCO
El domingo por la noche, en el restaurante decidí declararme. Eran las siete de la noche y el autobús salía a las doce.
La comida favorita de Carmen es la italiana, así que fuimos a un italiano que estaba cerca de su casa. Mi declaración iba a ser sencilla. No iba a repetir el error de decir “te quiero” como en aquella ocasión en mi casa, en la que se había molestado. Simplemente iba a preguntarle si quería que regresara el próximo fin de semana o el siguiente. Con eso me valdría. Si me decía que sí, es que ella quería seguir conociéndome: que pensaba que quizá yo podría ser el hombre de su vida. Con eso me bastaba para estallar en felicidad. No podría regresar a Barcelona desde Madrid sin dinero. Tenía un plan: fingiría, esa noche, que tomaba el autobús a Madrid pero me quedaría en Barcelona. Pasaría los días en un parque y, por la noche, dormiría entre los arbustos o donde fuera, hasta el día que Carmen señalara como fecha de nuestro reencuentro.
Pedimos vino blanco y queso de entrantes. Aquella iba a ser mi última buena cena. Mientras comíamos, quise hacerle la pregunta, pero no me atreví. Sentí nervios. Pedí disculpas y me fui al lavabo. Una vez allí, abrí el grifo, tomé agua en la palma de la mano y refresqué mi nuca. Miré mi reflejo en el espejo y me pedí, mirándome a los ojos, valentía. Debía hacerle la pregunta.
Cuando regresé a la mesa, ella lloraba.
-¿Qué te pasa?
-Acabo de recibir un mensaje de texto.
-¿De quién?
-Del chico al que amo, a quien me declaré. Dice que también me ama.
Y Carmen rompió a llorar de amor.
SEIS
Tomé el autobús de las doce de la noche. Tras ocho horas de viaje llegué a Madrid. Salí del autobús sabiendo que no tenía nada.
NADA.
Nadie me esperaba, tampoco tenía ningún lugar a donde ir.
Sólo tenía un inmenso dolor en el pecho.
Nunca volví a ver a Carmen y, desde entonces, vivo en la calle.