-300
Necesitaba pasta para pagar el alquiler y por ese trabajo de actor que me ofrecían pagaban casi 300 euros. Sólo tenía que salir en televisión, en un programa donde se simula un juicio, hacer como si me hubiera ocurrido algo. Tomé el metro y luego el autobús para llegar a los estudios del canal de TV donde estaba citado para la prueba y que estaban a tomar por culo.
Cuando llegué me dieron a leer un papel donde se explicaba qué se supone le había ocurrido a mi personaje:
-Tienes 10 minutos para memorizarlo y te hacemos la prueba –me dijo la señora que me atendió, que estaba embarazada.
-Ven dentro de 9 –le dije con mis aíres habituales de chulanga.
Leí el texto. Allí decía que estaba casado desde hacía 5 años y que mi mujer siempre me prometía que íbamos a tener hijos pero, a la hora de la verdad, siempre me hacía ponerme preservativos. Así que, desquiciado, había decidido pinchárselos para que se quedara embarazada. Ella me había pillado y me demandaba. Era una situación divertida. Me iba a molar representar el papel.
La primera prueba la pasé sin problemas. La mujer embarazada llamó a otra mujer que era su jefa para que diera el sí definitivo. La jefa también estaba embarazada. La segunda prueba no la pasé. Se me secó la boca que te cagas, de los nervios, y eso unido a que vocalizo como un retrasado mental me dejaron fuera. La segunda mujer embarazada me dijo que vocalizaba mal, que no se me entendia. Pero que me llamarían. Yo sabía que no era verdad. Porque actor no soy pero sí que sé cuando alguien está diciendo una mentira piadosa.
Me fuí del canal de TV triste. Esos casi 300 euros eran vitales para mí. Llegué a casa, apagué la luz y me acosté en la cama, abrazado a mi perra Anais. Maldita sea ¿Por qué no sé hablar bien? ¿Cómo conseguir los 300 que me faltan para pagar el alquiler?
Por la noche, a pesar de que estaba deprimido, no tuve otro remedio que despertarme. Había prometido a unos amigos ir al concierto que daban en el “Costello“. Cuando llegué, aun no había comenzado el concierto así que me acerqué a la barra y a pesar de mi precaria situación económica, para aportar mi granito de arena y el grupo hiciera caja, pedí una Coca Cola, que imaginé sería lo más barato. Lo que verdaderamente me apetecía era un triple de ron y un chute de heroína.
-¿QUÉ? –me gritó el camarero.
-¡Una Coca – Cola!
-¿QUÉ?
-¡Una Coca-Cola!
-¡NO TE ENTIENDO! ¡VOCALIZA MEJOR! –me gritó el camarero.
Miré de izquierda a derecha buscando las cámaras que retransmiten mi vida en directo para un canal de humor secreto plactonita, pero no las encontré. Las esconden bien los HIJOS DE PUTA.







